Ella solia desorbitarse con música circundante que inhalaba en transpiración a su alrededor, eran esas tardes llenas de diversión explícita, monjes cegados en el sexo oral, jovencitos con SIDA queriendo contagiar a otros, condones abandonados en la soledad de cajones hogareños, cerveza derramada por el suelo y escurriendo escaleras abajo, sin embargo David Guetta, era capáz de hacer creerle que el mundo realmente era suyo.
Las luces conmovían avasalladoramente sus débiles y poco lúcidas neuronas, su cabello se movía en una explosión de energía, rompiendo, cortando el aire húmedo del encierro, fusionando la expresión de naranja de su shampoo hierval escences con el humo de cigarros, unos mas caros, otros más baratos y unos cuantos fabricados en casa.
Un cubo y sobre él, una prenda menos.
Una mano y dentro de ella, una masturbación sin previo aviso.
Guarra, drogadicta y hasta puta la mujercita aquella y al bajar de ese metro cuadrado hecho plataforma siente que alguien dispone de ella, tocando su delicado, blanco y desnudo hombro, como un destello, la joven se volteó y cuando las miradas de los dos entes se cruzaron la fasinación llevada a cabo superó los cánones normales del gustar.
Él la tomó por la cintura mientras los brazos de ésta pasaban pos sobre sus hombres y mientras se cantaban uno al otro “yo soy sexy, sex sex sexy”, él la atrajo contra su cuerpo, pegando los blandos pechos a su duro torzo y metiendo una de sus piernas entre las de ella, cerraron sus ojos para finjir ser un cuento de adas o una teleserie romántica, acercando sus rostros y finalmente, sin siquiera conocer el nombre el uno del otro, fusionaron sus labios mientras el dj, lograba que se enamoraran con una gran canción de Soda Stereo.
Desde ese día que Fernanda y Juan Pablo, no se separan más.
La historia de premiscuidad, llegó a su fin. Simplemente, aprendiendo a tratarse
suavemente.




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